La formación intelectual de un pedagogo está vinculada por dos tipos de práctica: la social-escolar y la reflexiva ubicadas, respectivamente, en el decir y el hacer. El desplazamiento continuo, en doble dirección, de tales prácticas tiene como terreno simbólico al ver desembocando en lo que reconocemos como el momento discursivo donde se expresan tanto el sentido como la percepción sobre los conceptos fundamentales de la educación. Desde esta perspectiva y apoyándonos en las anteriores categorías, buscamos comprender el trayecto y la formación intelectual del pedagogo francés Philippe Meirieu. La extensión y complejidad de su obra escrita nos ofrece el material suficiente para encarar tal desafío desde una perspectiva hermenéutica.
Revuelta contra el catolicismo: “preocupación de sí y preocupación por el otro”
menos la inculcación de unos conocimientos y más la forma como el ser de los sujetos logra exponerse ante las múltiples expresiones de la práctica. Decimos a-temporalidad de la experiencia pues, ciertamente, ella es más una prolongación de eventos que se suceden a lo largo de la existencia del sujeto y menos la forma tácita que pueda recubrir.
El reconocimiento y la exclusión de los sujetos que, a juicio del joven Meirieu, lleva a cabo la práctica católica ponen en evidencia un sentimiento contrario del ser. Se trata aquí de la asimetría entre el decir y el hacer, entre el “amar” al otro y “amarse a sí mismo”. Esta doble relación facilitará la tarea a la hora de definir la educación; para él, la educación es una relación asimétrica, necesaria y provisional.
El profesor de francés: Hacia la búsqueda de un terreno firme
La lectura de Carl Rogers y su Libertad de aprender constituye un primer momento de lectura en la que busca resolver el problema de los conocimientos y los aprendizajes sobre un horizonte de libertad. Esta lectura le enseñará la distancia entre la pretensión de una libertad y una libertad ofrecida desde el exterior.
La contradicción fundamental: hacia el estudio de los aprendizajes
“Los métodos activos representan, de alguna manera, un esfuerzo de finalización –adquisición- de los saberes, que ubicados en situaciones “naturales” le permiten a los alumnos comprender la necesidad funcional brindándoles las posibilidades para que ellos le encuentren algún sentido.
El investigador: camino hacia el ser intelectual y pedagogo
comprenderse, en su pensamiento, como la capacidad de construir dispositivos a partir de la identificación de los contenidos de saber. Para él, el rol de la didáctica consiste en explorar la cuestión de los aprendizajes.
Para Meirieu, hay grupos de producción, de monitoreo y funcionales. Cada uno cumple una misión en las formaciones escolares y se expresan de forma diversa en el aula de clase, pero ninguno de ellos toma en serio la diferenciación de los itinerarios de aprendizaje.
El intelectual reflexivo
que comenzará a realizar frente a la insuficiencia de la “técnica pedagógica”.
Se trata de la construcción de un nuevo discurso sobre la pedagogía cuyas características pueden resumirse así: un discurso que vuelva inteligente al “práctico”, que le ofrezca una capacidad de distancia sobre sus prácticas y que le brinde los medios para construir unos instrumentos eficaces para un mejor desenvolvimiento de su actividad.
De otro modo, la reflexión ética será la ocasión del retorno de sí, el que comprendemos en la trayectoria de formación de este pedagogo como una vuelta a la pregunta de su juventud: ¿puede uno preocuparse por el otro y a la vez mantener una preocupación de sí mismo? La vuelta sobre la pregunta de la juventud será la ocasión de escribir un libro que expresa, públicamente, la opción de educar.
Este saber se expone en la dimensión escrita, en la necesidad de dar cuenta de su proceso y de comunicar sus convicciones pedagógicas.
En verdad, lo que se observa en el intelectual reflexivo, es una necesidad de efectuar la síntesis del proceso de descubrimiento que nos permita explicar cómo llegamos a ser profesores.

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